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Sobre el origen intelectual de blockchain (III). Más precursores próximos

Terminé el post anterior ocupándome de la figura de David Chaum y de cómo su proyecto DigiCash no suponía una verdadera ruptura con el dinero de curso legal tradicional. El salto disruptivo al respecto, aunque fuera en un plano todavía meramente teórico o especulativo, es atribuible a los siguientes dos personajes de esta historia.

El primero de ellos colaboró precisamente con David Chaum en la malograda empresa DigiCash. Se trata de un estadounidense con apellido de origen húngaro: Nick Szabo. Personaje polifacético: graduado en 1989 en ciencias de computación por la Universidad de Washington, criptógrafo y jurista. Además de trabajar en DigiCash, fue el diseñador de Bit Gold, un proyecto de divisa digital antecesora de Bitcoin y blockchain. De hecho, muchos han afirmado que la identidad real tras el seudónimo “Satoshi Nakamoto” –el creador de Bitcoin- es Szabo, algo que él siempre ha negado. Así, el escritor y periodista financiero británico Dominic Frisby afirma: “I’ve concluded there is only one person in the whole world that has the sheer breadth but also the specificity of knowledge and it is this chap…”. Incluso una subunidad de la criptomoneda Ether (la moneda de la plataforma Ethereum) ha sido bautizada con su nombre (el “szabo”).

La primera gran aportación de Szabo a nuestro tema fue un artículo publicado en una revista futurista y transhumanista californiana denominada Extropy en el año 1996 con el título “Smart contracts: building blocks for digital free markets”. En este visionario artículo Szabo, como informático, criptógrafo y a la vez jurista, se plantea cómo la combinación de Internet con los modernos protocolos criptográficos (criptografía asimétrica o de doble clave, sistemas de firma ciega como los ideados por Chaum, o de firma múltiple, protocolos de mixing) podría revolucionar el derecho tradicional de contratos, permitiendo que esa pieza jurídica básica que es el contrato y que es la base de toda nuestra economía de mercado pudiera estar a la altura de las exigencias del comercio on line. En este artículo se crea el concepto y la terminología –ahora mismo en boca de todos- “smart contract” o contrato inteligente: un programa informático mediante el cual se ejecutan de forma automática unas prestaciones que no sólo son convenidas sino además programadas, lo que da lugar a un contrato que se autoejecuta con la ayuda de la tecnología informática. Algo ideal precisamente para una contratación no sólo entre ausentes sino entre desconocidos, que no tienen ningún motivo para confiar entre sí. También encontramos por primera vez el término “smart property” o propiedad inteligente, que es el resultado de integrar un contrato inteligente en un objeto físico (un automóvil, la cerradura de una vivienda), de manera que la disposibilidad física de ese objeto también sea programable según los términos de un determinado acuerdo.

Este primer artículo sobre los smart contracts fue revisado y ampliado en una publicación del año 1997 con el título “Formalizing and securing relationships on public networks”. En este texto encontramos ya una alusión a la idea de una confianza distribuida, es decir, a cómo la intervención de varios agentes en el control y registro de una transacción es una garantía de seguridad y de protección contra el fraude.

Esta idea se desarrolla y empieza a ganar entidad en publicaciones posteriores como “Secure Property Titles with Owner Authority” del año 1998, un artículo en el que, ante los problemas de inseguridad y de discrecionalidad política que -sobre todo en países poco desarrollados- suscitan los sistemas de registro de propiedad centralizados, propone una base de datos de títulos de propiedad distribuida o replicada a través de una red pública (un sistema de registro que –nos dice- sería capaz de sobrevivir a una guerra nuclear). Se trata de la creación de una especie de club de propietarios por medio de Internet, que se conciertan para llevar el rastro de la propiedad de algún tipo de activo. El título de propiedad de cada uno sobre un objeto estaría autenticado con la firma electrónica del titular anterior y así sucesivamente formando una cadena. Y el registro de la cadena de títulos de la que resulta quién es el propietario actual de cada objeto se basa en un consenso de la mayoría de los participantes, dado que es improbable que todos se pongan de acuerdo para cometer un fraude. Como veremos, aquí está ya in nuce el sistema de registro de titularidad de Bitcoin.

Otro importante artículo en que estas ideas se desarrollan es “Advances in distributed security” del año 2003, donde Szabo nos propone desechar la pretensión de una seguridad absoluta imposible de alcanzar, para conformarnos con sistemas con una alta probabilidad de seguridad como la que proporciona la criptografía. En este contexto, plantea cuestiones como un time stamping o sellado de tiempo distribuido, el empleo de los hashes como forma de identificar los mensajes o archivos objeto del sellado de tiempo, la creación de redes de replicación “bizantino-resilientes”, etc.

Además de la preocupación por sistemas alternativos para asegurar el cumplimiento de contratos y el tracto de las propiedades haciendo uso de Internet, la programación informática y la criptografía, Szabo puso también su atención en el tema específico del dinero, yendo mucho más allá del planteamiento de David Chaum. Lo que preocupaba a éste, como vimos, era el tema de la privacidad: cómo la intermediación de las entidades financieras en nuestros pagos electrónicos proporciona a éstas el conocimiento de datos esenciales de nuestras vidas. Szabo se enfrenta a otra cuestión: el sometimiento del valor del dinero que usamos a la discrecionalidad de las autoridades políticas, es decir, el problema de la inflación discrecional. Aquí es donde incide su propuesta Bit Gold del año 1998, que es coetánea de una idea muy similar: b-money de Wei Dai.

Este Wei Dai es un criptógrafo graduado también en ciencias de la computación por la Universidad de Washington, que en el año 1998 publicó un texto muy breve con el título “B-money: an anonymous, distributed electronic cash system” en la Cypherpunks mailing-list y que sería citado como referencia en el whitepaper de Satoshi Nakamoto (no así obra alguna de Szabo). La motivación de este Dai, como buen criptoanarquista, era básicamente la opacidad de las transacciones dinerarias y la terminología resulta quizá excesivamente elocuente al respecto: “dinero b”. Como curiosidad, indicaré que la fracción mínima de la criptomoneda Ether se denomina “wei”, como homenaje a este precursor.

Lo que se plantean estas propuestas (que enlazan con las visiones más radicales del criptoanarquismo de Tim May al que Dai cita explícitamente en el comienzo de su artículo) no es representar en un nuevo formato electrónico el dinero de curso legal ya existente para facilitar o conseguir el anonimato de los pagos electrónicos, sino de reemplazar ese dinero de origen estatal por un nuevo dinero creado por los propios usuarios asistidos por la red y la criptografía. Esta pretensión –como vemos, de significado político mucho más radical, pues viene a cuestionar uno de los atributos claves de la soberanía estatal, la acuñación de moneda- plantea un problema que va más allá de lo que es un simple problema de registro contable para controlar la circulación del dinero, es decir, para evitar la doble disposición de un activo digital: la cuestión de cómo se controla la creación de este dinero, para evitar la discrecionalidad y para asegurar su escasez y que de alguna manera sea reflejo de una actividad o valor económico.

Wei Dai propuso una especie de subasta on line periódica entre los participantes en el sistema para fijar el monto de nuevas monedas digitales puestas en circulación.

El planteamiento de Szabo era diferente. Éste llevaba tiempo dándole vueltas a la idea de cómo conseguir que una simple cadena o string de bits (una determinada sucesión de ceros y unos) fuera algo en sí mismo valioso. Estaba buscando un objeto digital que pudiera funcionar como el oro. El instrumento que concibió para ello –que es, a su vez, una aplicación del algoritmo hashcash creado por Adam Back para prevenir el spam de correo electrónico, citado también por Nakamoto- fue una prueba de trabajo computacional (lo que se conoce como una proof-of-work) a cuya solución se le pudiera atribuir un significado económico similar al oro, por el esfuerzo y aplicación de recursos que requiere su extracción, en este caso, el empleo de ciclos de computación. Así, este dinero electrónico ideado por Szabo se gestiona mediante un programa en la red que propone a los participantes en el sistema un determinado reto o problema matemático. Este problema o puzzle matemático está relacionado con la función criptográfica conocida como hashing y sólo se puede resolver aplicando “fuerza bruta computacional”, es decir, probando con distintas cifras hasta obtener un resultado que cuadre. El resultado así obtenido, que tiene la forma de una determinada serie o string de bits, se convierte en la primera unidad monetaria del sistema, con la que el programa premia al participante que ha sido el primero en encontrarla, y que éste puede emplear para hacer pagos a otros usuarios y así esta unidad monetaria o sus fracciones empiezan a circular. Y, a su vez, esta primera string de bits que se obtiene como resolución del problema constituye el punto de partida del siguiente reto que el programa plantea a continuación. De esta manera, de forma periódica y programada, se van introduciendo nuevas unidades monetarias en el sistema.

Quizá este planteamiento fuera un tanto primitivo –deudor de una concepción metalista y por tanto materialista del dinero, como cosa que debe estar dotada de valor intrínseco y no como un simple símbolo de valor-, y también desacertado, porque el valor intrínseco que atribuimos al oro no deriva sólo de su escasez y dificultad de obtención, sino de sus cualidades intrínsecas como sustancia, lo que nunca se podrá decir de una ristra de ceros y unos por compleja que sea su obtención.

Esta idea de Bit Gold, como el b-money de Dai, nunca se llegarían a poner en práctica, pero constituyen los antecedentes más directos de Bitcoin.

Sobre el origen intelectual de blockchain (I). Los precursores remotos

En mi anterior aportación a este blog aludí a ciertos obstáculos intelectuales con los que podemos tropezar los juristas a la hora de enfrentarnos al concepto de smart contract y al fenómeno blockchain en general, siendo el primero de ellos un déficit de formación tecnológica. Precisamente, una de las peculiaridades de esta tecnología, de cuyas múltiples aplicaciones y potencial disruptivo habla todo el mundo, es que presenta un considerable umbral intelectual de acceso: es algo que cuesta explicar y comprender.

En este post y en el siguiente voy a intentar aportar un poco de perspectiva sobre el asunto, lo que quizá pueda ayudar a discernir la señal –lo significativo- de todo el ruido mediático que ahora mismo está provocando tantas interferencias.

En concreto, en el par de posts que he previsto voy a hacer referencia a algunos personajes cuyas aportaciones intelectuales han sido importantes en el camino que ha llevado tanto a las criptomonedas como a blockchain. Al respecto, distinguiré uno precursores remotos y unos precursores próximos.

Como precursor remoto podría aludir al filósofo alemán Leibniz, que a finales del siglo XVII, además de fabricar una calculadora universal mecánica, concibió la idea de una máquina que almacenaba y manejaba información codificada en código digital binario. Pero me voy a centrar en dos personajes más cercanos, que vienen siendo considerados como los padres fundadores de la informática: el británico Alan Turing y el húngaro nacionalizado estadounidense John von Neumann. ¿Y por qué los traigo a colación? Pues no sólo porque en los años treinta y cuarenta del pasado siglo sentaron las bases intelectuales, de naturaleza lógico-matemática, que dieron lugar al desarrollo de la informática y con ella del universo digital en que ahora habitamos, sino porque, además, algunas de sus ideas y visiones anticiparon gran parte de la transformación que justo ahora estamos viviendo.

Alan Turing es conocido en nuestros días por el gran público sobre todo por una película reciente (The Imitation Game -“Descifrando enigma”, en España-, del año 2014) dedicada a su actividad durante la Segunda Guerra Mundial en el servicio de inteligencia de la Marina británica, donde contribuyó a descifrar los códigos de la célebre máquina de encriptación Enigma que empleaban en sus comunicaciones la armada y el ejército alemán. Esto ya nos resulta interesante por su relación con el tema de la criptografía. Pero, sobre todo, quiero hacer referencia al trabajo que le hizo célebre, publicado en el año 1936 en la prestigiosa revista Proceedings of the London Mathematical Society: “Sobre los números computables, con una aplicación al Entscheidungsproblem”.

El Entscheidungsproblem o problema de la decidibilidad es una ardua cuestión lógico-matemática que tuvo ocupados a algunos lógicos y filósofos a principios del siglo XX desde que el matemático alemán David Hilbert la plantease en un escrito programático del año 1900 como uno de los retos pendientes para la centuria que entonces comenzaba: ¿es posible que la matemática dé una respuesta de tipo demostrativo a todos los problemas que ella misma plantea? O dicho de otra forma, ¿es posible la axiomatización plena de la matemática para reconstruirla como un sistema completo y autoconsistente? Hilbert, adalid de lo que se conoce como formalismo lógico, pensaba que sí, y Russell y Whitehead creyeron haberlo logrado con su obra Principia Mathematica. Sin embargo, un ensimismado profesor de lógica austriaco llamado Kurt Gödel demostró que no era posible en un difícil y revolucionario artículo publicado en el año 1931, donde formuló lo que se conoce como el teorema de incompletitud de Gödel.

En la estela de Gödel, en el citado trabajo Turing –como una simple estrategia discursiva en relación con el problema de los límites de la computabilidad- concibió la primera máquina –que sería conocida como la “máquina universal de Turing” y que por entonces era sólo una construcción teórica- de “programa almacenado”, es decir, dotada de una memoria que no sólo conservaría datos, sino también el propio programa para el manejo o cómputo de esos datos, una máquina que sería reprogramable y capaz de computar todo lo computable (es decir, lo que hoy entendemos por un ordenador). Tampoco puedo dejar de mencionar su temprano interés por la inteligencia artificial, hasta el punto de que hoy se sigue empleando el llamado “test de Turing” para evaluar la mayor o menor inteligencia de un dispositivo.

Pues bien, cuando en el año 2014 ese niño prodigio ruso-canadiense llamado Vitalik Buterin, con tan solo 19 años, pone en marcha esa blockchain de segunda generación llamada Ethereum, nos va a decir que se trata de una blockchain que utiliza un lenguaje de programación Turing-completo, y que aspira a convertirse en la máquina universal de programación, the World Computer. Esto supone precisamente llevar la idea originaria de Turing a una nueva dimensión: no se trata de crear una máquina individual reprogramable de objeto de cómputo universal, sino de la existencia de una red tendencialmente universal de ordenadores que no sólo registran de forma simultánea esos mensajes sencillos que son las transacciones de bitcoins, sino que en ellos se puede ejecutar a la vez cualquier operación que sea programable, conservándose todos los pasos del proceso y su resultado en un registro distribuido, transparente, no manipulable y de acceso universal. O dicho de otra forma, no sólo universalidad en cuanto al objeto programable –como la máquina virtual de Turing y nuestros actuales ordenadores-, sino también universalidad en cuanto a los agentes o dispositivos que operan, ya que el programa se ejecuta y su resultado se registra simultáneamente por una infinidad de ordenadores repartidos por todo el mundo.

En cuanto a John von Neumann, se trata de uno de los grandes genios científicos del siglo XX, de un nivel comparable al de un Einstein. En lo que concierne a nuestro tema, von Neumann fue el creador de la estructura lógica de una de las primeras computadoras digitales electrónicas de alta velocidad y memoria almacenada con la que se hizo realidad la imaginada máquina universal de Turing. Esa computadora, conocida por las siglas EDVAC, fue fabricada a finales de los años cuarenta en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton (USA), como instrumento para la realización de los complejos y laboriosísimos cálculos matemáticos que requería el diseño y control de las primeras bombas atómicas. De hecho, todavía hoy la estructura de todos los ordenadores que utilizamos obedece a lo que se conoce como “arquitectura von Neumann”, que distingue la memoria, el procesador, la unidad central de control y los elementos de comunicación con el exterior para la entrada y salida de datos.

Pues bien, aparte de que cualquier aplicación o desarrollo de la tecnología informática es deudora -pese a su prematura muerte con 53 años- de las visiones y concepciones de von Neumann (incluso la inteligencia artificial, que fue el objeto de sus últimas reflexiones en obras como la “Teoría de los autómatas autorreproductivos”), quiero referirme aquí a dos ideas de este gran pionero de la informática.

En primer lugar, en los años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial había escasez de casi todo y para la construcción del EDVAC se tuvo que echar mano de equipos y materiales de desecho de la industria bélica. Conseguir que funcionase correctamente una máquina fabricada ensamblando ese tipo de elementos fue un verdadero reto al que se enfrentó Von Neumann con la idea de que había que construir una máquina fiable a partir de miles de componentes no fiables. Esta idea, que desarrolló teóricamente en dos artículos de los años 1951 y 1952 (“Organizaciones fiables de elementos no fiables” y “La lógica probabilística y la síntesis de organismos fiables a partir de componentes no fiables”), enlaza con la formulación, ya en los años ochenta y en relación con la fiabilidad de las redes de ordenadores creadas con fines de defensa, de lo que se conoce como el “problema de los generales bizantinos” –al que se suele aludir en las explicaciones de blockchain-. Por supuesto, tiene que ver también con un concepto que hoy está en boca de todos con el nombre de “resiliencia”; y se encuentra en el mismo núcleo del diseño de blockchain: cómo crear el sistema de registro más fiable y transparente que haya existido nunca partiendo sólo de agentes individuales particulares cualquiera de los cuales podría ser un tramposo.

En relación con el diseño de blockchain también podemos rastrear la huella de otra gran aportación intelectual de von Neumann. Como éste estaba dotado de una inteligencia universal, no sólo se interesó por y revolucionó la lógica de conjuntos, la física cuántica y la ciencia de la computación, sino que también hizo su incursión –no menos revolucionaria- en la ciencia económica, donde fue el pionero de la teoría de juegos, con una obra de la que fue coautor junto con Oskar Morgenstern en el año 1944 con el título “Teoría de juegos y comportamiento económico”. Pues bien, mucho de teoría de juegos, de análisis de la racionalidad de las decisiones estratégicas de los agentes individuales que operan en una economía teniendo en cuenta los comportamientos probables de los demás agentes, está también presente en el inteligente diseño que explicó el enigmático Satoshi Nakamoto en su paper del año 2008. En último término, una blockchain pública como la que sirve de base a Bitcoin está diseñada partiendo de la idea de que la persecución del interés individual de ganancia de unos agentes -los “mineros”- redunda en la fiabilidad general del sistema; así como en la idea de que resulta muy poco racional defraudar un sistema para obtener un activo cuyo valor económico depende directamente de la confianza general en la fiabilidad de ese sistema.

(Recomiendo a quien sienta curiosidad por estos temas la lectura de los siguientes libros, disponibles en nuestro idioma: “La catedral de Turing. Los orígenes del universo digital”, de George Dyson, Debate, Barcelona, 2015; “Alan Turing. El pionero de la era de la información”, de B. Jack Copeland, Turner Noema, Madrid, 2012; y “Gödel. Paradoja y vida”, de Rebecca Goldstein, Antoni Bosch, Barcelona, 2010.)

El jurista ante el smart contract

A la hora de enfrentarnos al fenómeno de los smart contracts los juristas tendemos a tropezar con dos grandes obstáculos:

– En primer lugar, un problema de comprensión de la tecnología, y ello tanto de la específica que está implicada en la arquitectura y funcionamiento de una blockchain, como de la genérica tecnología informática. Por un lado, qué es exactamente una red peer-to-peer, cómo funciona la criptografía asimétrica o de doble clave, qué son los hashes o la prueba de trabajo, cómo se logra el consenso de los nodos, qué es un fork, etc.; y por otro lado, qué es un algoritmo, o una string de bits, qué es programar, en qué consiste un “código” en sentido informático, qué es “compilar” un programa, o “editarlo”, o “ejecutarlo”. Sin una mínima familiaridad con todos estos conceptos cualquier esfuerzo de análisis o enjuiciamiento jurídico de los smart contracts resulta baldío, en definitiva, porque no sabemos de lo que estamos hablando.

Así, cuando definimos un smart contract como un contrato que se “autoejecuta”, ¿estamos teniendo en cuenta que un programa informático lo único que hace, en principio, es manejar información, realizar unas operaciones con unos datos siguiendo unas reglas o instrucciones determinadas para dar como resultado unos nuevos datos? Qué relación tiene esto con el cumplimiento, performación o ejecución práctica de un contrato no es algo evidente.

Precisamente, la puesta en práctica de la idea de un contrato inteligente está ligada a la creación de esos peculiares “activos” que son las criptomonedas, que no tienen más consistencia que la de ser pura información digital y por tanto son activos cuya “circulación” es programable, susceptible de ser plenamente controlada por un programa informático cuyos resultados (quién es el titular actual de una determinada suma de bitcoins) se van simplemente registrando en una base de datos digital. Tratándose de otros activos cuya consistencia es puramente digital –un archivo de sonido o de imagen que contiene una obra susceptible de propiedad intelectual-, también esa programación informática de su negociación y de la ejecución de ésta resulta fácilmente concebible (porque es posible una puesta a disposición del activo puramente digital y telemática). Pero en el caso de que nuestro contrato inteligente tenga por objeto otro tipo de bienes como la propiedad o el uso de bienes materiales, derechos de crédito contra un determinado sujeto, derechos corporativos o de participación en una empresa, necesariamente deberemos con carácter previo “tokenizar” estos bienes o derechos, es decir, representarlos mediante fichas digitales susceptibles de programación. Esto, por supuesto, plantea el problema –ya sí esencialmente jurídico- de en qué medida nuestro ordenamiento puede llegar a reconocer la validez de esa forma de circular estos bienes o derechos tokenizados cuando sea preciso obtener la efectividad práctica de esos derechos en la realidad exterior a la memoria del dispositivo o dispositivos –en su caso, en red- que ejecutan un determinado programa. O dicho de otra forma, en qué medida la “legitimación” que proporciona el código que se ejecuta sobre la cadena de bloques valdrá también como legitimación jurídica fuera de la red (problema que no suscitan las criptomonedas, en cuanto sólo existen, operan y desenvuelven toda su eficacia  en la red).

En la medida en que el desarrollo de la Internet de las Cosas lleve consigo la proliferación de objetos materiales dotados de dispositivos electrónicos que permitan tanto su conexión y comunicación con la red como su control automático programable, el contrato inteligente podrá conseguir respecto de este tipo de bienes una autoejecución más efectiva y autosuficiente, menos necesitada del apoyo de los mecanismos tradicionales de la coerción jurídica y por tanto menos dependiente –al menos a priori- del aludido reconocimiento de su legitimidad jurídica.

En cualquier caso, con esta primera observación quiero llamar la atención sobre el dato de que en esta materia de los smart contracts el conocimiento y la comprensión de la tecnología, de lo que ésta es capaz o no de hacer en la práctica, ha de preceder a cualquier enjuiciamiento jurídico.

– Esto me lleva al segundo gran problema, que no es tanto de conocimiento como de enfoque: nos enfrentamos al asunto equipados con todos nuestros prejuicios jurídicos, y esto puede perturbar gravemente nuestra visión. Fundamentalmente, nos confunde una terminología tan equívoca como la de “contrato inteligente”, que nos trae a la mente de forma inmediata nuestro concepto jurídico de contrato y todo lo que éste conlleva. Así, nos ponemos demasiado pronto a plantear cuestiones de validez o invalidez jurídica, de eficacia o ineficacia jurídica, de si se cumplen o no los requisitos para la obtención de un reconocimiento legal, incluso de prueba y de virtualidad procesal; y no nos damos cuenta de que ése no es realmente el quid de la cuestión. En el fondo del asunto hay una cuestión más radical, que nos puede pasar desapercibida por culpa de esa precomprensión jurídica nuestra. De lo que se trata no es de una nueva figura más o menos atípica que trata de encontrar acomodo en el marco de nuestro sistema jurídico, sino más bien de algo que en su planteamiento más originario pretende ser una alternativa a todo nuestro sistema jurídico.

Un smart contract, en puridad, no pretende ser un contrato jurídico, porque no necesita serlo, de la misma manera que Bitcoin –en la concepción de sus creadores- no pretende ser dinero reconocido legalmente, dinero de curso legal, sino más bien un dinero para una sociedad humana que ha dejado ya muy atrás, como innecesarias, las nociones de Estado nacional, de leyes y de jurisdicciones nacionales.

Necesitamos el apoyo de una jurisdicción, de los tribunales de un determinado país, y como presupuesto de ello el reconocimiento del significado y valor jurídico de un determinado arreglo o composición de intereses por parte de la legislación de ese país, en la medida en que, de facto, el cumplimiento o realización práctica de lo acordado depende de la voluntad de un ser humano. De manera que, cuando falle o nos sea esquiva o renuente esa voluntad, pediremos el auxilio de la fuerza de un Estado. Sin embargo, si la tecnología nos ofrece la posibilidad de que esa composición acordada de intereses se haga efectiva de una forma mecánica o automática con completa independencia de la voluntad de un sujeto “obligado”, entonces no solo la noción de contrato, sino todo el aparato tanto normativo como institucional y organizativo propio de lo que conocemos como “derecho contractual” devienen irrelevantes.

Claramente, este es el enfoque propio de los precursores intelectuales e ideológicos de todo este asunto –los criptoanarquistas-: un utopismo tecnológico según el cual determinados problemas de intercambio y cooperación económica, que hasta ahora se instrumentaban de forma muy insatisfactoria (lenta, cara, farragosa, insegura) mediante los sistemas jurídicos tradicionales, pueden ser manejados de forma mucho más eficiente mediante la simple intervención de herramientas tecnológicas que ya están a nuestro alcance.

Partiendo de ello, la verdadera cuestión que debe merecer nuestra atención como juristas es: primero, si realmente esto que se pretende es posible, en un plano meramente práctico, y con qué alcance –en todos los ámbitos de relaciones humanas que hasta ahora cubría el derecho contractual o sólo en algunos ámbitos-, y cómo es posible; y segundo, si esta forma alternativa de hacer las cosas resulta desde un punto de vista valorativo y teniendo en cuenta todos los posibles intereses que están en juego (no solo la pura eficiencia económica, la agilidad y seguridad de las transacciones, sino también la necesidad de protección de las partes más débiles de las relaciones económicas, de intereses patrimoniales o vitales especialmente delicados, de la solidaridad social que se supone sirve de fundamento a la fiscalidad, etc.) algo aceptable y conveniente, y en qué ámbitos sí y en qué ámbitos quizá no. Pero siempre siendo muy conscientes de que nos enfrentamos a un fenómeno que en gran parte supera nuestras fuerzas, las fuerzas de un Estado nacional cualquiera, que fácilmente puede verse desbordado por los acontecimientos en su intento de poner puertas al campo.