Los sindicatos en la encrucijada: ¿nacionales o internacionales?

Llama la atención, en la evolución sindical de los últimos años, el alejamiento progresivo de los iniciales planteamientos internacionalistas y la asunción, cada vez mayor, de puntos de vista meramente locales o nacionales. La vieja enseña del internacionalismo proletario, la aspiración a la defensa de los intereses de los trabajadores en un ámbito mundial, o cuanto menos supranacional, deja paso a políticas sindicales muy condicionadas por los intereses territoriales más inmediatos que, en muchas ocasiones, entran en colisión con los defendidos por las organizaciones sindicales implantadas en otros territorios. De las grandes manifestaciones sindicales que predicaban la lucha obrera en el marco de la solidaridad internacional, de los impulsos organizativos en el ámbito europeo y mundial, que tratan de estar presentes en los más relevantes debates globales, hemos pasado a una defensa de intereses centrada preferentemente en el territorio en que cada organización sindical opera.

¿Qué hay en el trasfondo de esta evolución? Por supuesto, desconcierto, perplejidad y falta de análisis, y comprensión, de los nuevos fenómenos económicos y sociales asociados a la globalización y a las nuevas relaciones laborales. Pero hay algo más: la evolución de las relaciones laborales, en un mundo cada vez más abierto y globalizado, ha provocado que los sindicatos sean organizaciones cada vez más nacionales, mientras que las empresas se sitúan, cada vez más, en una perspectiva supranacional. Las empresas son cada vez más internacionales, el juego de las fuerzas económicas es cada vez más global, mientras que los sindicatos tienen cada vez más dificultades para llevar adelante propuestas y planteamientos que superen las fronteras nacionales.

En la actual dinámica económica, en muchos conflictos empresariales los sindicatos tienen cada vez más difícil asumir un papel de jugador global y se ven constreñidos a limitarse a la defensa de intereses locales, que entran frecuentemente en contradicción con los de los trabajadores y las organizaciones sindicales de otros territorios. En los procesos de reestructuraciones industriales y de deslocalización de la producción, la única arma sindical de presión que podría resultar eficaz sería la de la movilización laboral que superase fronteras y constituyera un frente de presión y de negociación coordinado en el ámbito internacional. Solo la presión concertada de las distintas unidades productivas permitiría mantener una interlocución con verdadera capacidad de influencia sobre las decisiones empresariales. Pero eso tropieza con un obstáculo insalvable: los intereses de los trabajadores, y de sus sindicatos, en los distintos territorios no son en la mayor parte de los casos coincidentes. La deslocalización de la producción perjudica al territorio afectado por ella, pero beneficia a los trabajadores del país al que la producción se deslocaliza. El problema se agudiza en los supuestos de unidad de mercado, en los que ni siquiera es correcto hablar de “deslocalización” para hacer referencia al traslado de la producción a otro de los países integrados en el mercado único.

Tenemos ejemplos recientes de todo ello. Ha habido casos de cierre de unidades productivas, por parte de empresas transnacionales, con instalaciones en varios países de la Unión Europea, en los que el primer objetivo de los sindicatos ha sido obtener la solidaridad de los de esos otros países, pidiéndoles acciones de presión para conseguir un replanteamiento por parte de la empresa de sus intenciones. Y la respuesta obtenida no ha podido ser más desilusionante: el cierre de la factoría iba a suponer el aumento de la producción y la consolidación de otras fábricas, por lo que los trabajadores de estas no iban a sumarse a acciones que podían redundar en perjuicio de sus intereses.

Y esta situación se reproduce, con aristas más llamativas, en el seno de los propios grupos empresariales. Basta ver lo que sucede en el sector del automóvil, en el que el anuncio por parte de una firma de la fabricación de un nuevo modelo o del lanzamiento de una nueva producción genera una auténtica carrera competitiva entre las fábricas de los distintos países para conseguir hacerse con el encargo. Lógicamente, en esa carrera influyen, y mucho, las condiciones laborales ofrecidas por los sindicatos para asegurarse la producción y, en muchas ocasiones, la propia supervivencia de la planta. En esas condiciones, es ilusorio plantear posicionamientos sindicales comunes y cada sindicato se ve compelido a la estricta defensa de los intereses de sus respectivos trabajadores, en claro contraste con los de los trabajadores de otros territorios. El sindicato se ve así forzado a “pensar” en términos nacionales o regionales mientras que la empresa plantea y desarrolla sus estrategias a un nivel global. A eso es a lo que me refiero cuando digo que los sindicatos son cada vez más nacionales y que las empresas son cada vez más internacionales o transnacionales. Más globales en definitiva.

Esta evolución, a su vez, ha modificado sustancialmente la dinámica de las relaciones laborales y la relación de fuerzas entre sus protagonistas. Por una parte, dadas las características del nuevo sistema productivo, los sindicatos tienen una capacidad de presión cada vez mayor  en el ámbito local y en el corto plazo. Muchas empresas no soportan un paro, ni siquiera de corta duración, de la producción. En particular ello sucede en empresas suministradoras de otras, que deben operar just in time y que deben afrontar una competencia encarnizada. En todos estos casos, las batallas las suelen ganar los sindicatos y eso explica la deriva de la negociación colectiva, con convenios con cada vez más concesiones. En muchas ocasiones nos encontramos con contenidos de convenios que suscitan, ante todo, la pregunta de cómo pudieron concederse  por las empresas. Y la respuesta no es otra que esa imposibilidad de afrontar un paro de la producción. Pero si las batallas las ganan los sindicatos, las guerras las ganan las empresas. La ventaja sindical en el corto plazo se transforma en prevalencia empresarial en el medio y largo plazo. Si los sindicatos no saben administrar adecuadamente esa capacidad de presión en el corto plazo, corren el riesgo de provocar una situación en la que la empresa, que no es un jugador local sino global, debe reorganizar la producción y recurrir a procesos de deslocalización o de asignación de la carga de trabajo a otras unidades productivas. En España hemos tenido ejemplos de actuaciones sindicales que han ido, como diría Groucho Marx, de victoria en victoria hasta la derrota final, habiendo conducido las brillantes y reiteradas victorias negociadoras al cierre de la factoría y a la deslocalización de la producción.

Los sindicatos deberían buscar la manera de romper esa dinámica y tratar de encontrar un nuevo papel en el ámbito global en el que se toman las decisiones más relevantes. Enrocarse en posturas localistas es el camino más seguro hacia la irrelevancia y condenaría a los sindicatos a un papel estrictamente corporativo, de defensa de intereses profesionales de determinados núcleos de trabajadores, en ocasiones no ya frente a las empresas sino frente a otros núcleos de trabajadores, y alejado de la interlocución en los niveles realmente relevantes para la toma de decisiones y de la más mínima influencia en la ordenación de las relaciones sociales (ese papel político, más allá de lo estrictamente corporativo, que siempre han pretendido los sindicatos).

Sobre el origen intelectual de blockchain (I). Los precursores remotos

En mi anterior aportación a este blog aludí a ciertos obstáculos intelectuales con los que podemos tropezar los juristas a la hora de enfrentarnos al concepto de smart contract y al fenómeno blockchain en general, siendo el primero de ellos un déficit de formación tecnológica. Precisamente, una de las peculiaridades de esta tecnología, de cuyas múltiples aplicaciones y potencial disruptivo habla todo el mundo, es que presenta un considerable umbral intelectual de acceso: es algo que cuesta explicar y comprender.

En este post y en el siguiente voy a intentar aportar un poco de perspectiva sobre el asunto, lo que quizá pueda ayudar a discernir la señal –lo significativo- de todo el ruido mediático que ahora mismo está provocando tantas interferencias.

En concreto, en el par de posts que he previsto voy a hacer referencia a algunos personajes cuyas aportaciones intelectuales han sido importantes en el camino que ha llevado tanto a las criptomonedas como a blockchain. Al respecto, distinguiré uno precursores remotos y unos precursores próximos.

Como precursor remoto podría aludir al filósofo alemán Leibniz, que a finales del siglo XVII, además de fabricar una calculadora universal mecánica, concibió la idea de una máquina que almacenaba y manejaba información codificada en código digital binario. Pero me voy a centrar en dos personajes más cercanos, que vienen siendo considerados como los padres fundadores de la informática: el británico Alan Turing y el húngaro nacionalizado estadounidense John von Neumann. ¿Y por qué los traigo a colación? Pues no sólo porque en los años treinta y cuarenta del pasado siglo sentaron las bases intelectuales, de naturaleza lógico-matemática, que dieron lugar al desarrollo de la informática y con ella del universo digital en que ahora habitamos, sino porque, además, algunas de sus ideas y visiones anticiparon gran parte de la transformación que justo ahora estamos viviendo.

Alan Turing es conocido en nuestros días por el gran público sobre todo por una película reciente (The Imitation Game -“Descifrando enigma”, en España-, del año 2014) dedicada a su actividad durante la Segunda Guerra Mundial en el servicio de inteligencia de la Marina británica, donde contribuyó a descifrar los códigos de la célebre máquina de encriptación Enigma que empleaban en sus comunicaciones la armada y el ejército alemán. Esto ya nos resulta interesante por su relación con el tema de la criptografía. Pero, sobre todo, quiero hacer referencia al trabajo que le hizo célebre, publicado en el año 1936 en la prestigiosa revista Proceedings of the London Mathematical Society: “Sobre los números computables, con una aplicación al Entscheidungsproblem”.

El Entscheidungsproblem o problema de la decidibilidad es una ardua cuestión lógico-matemática que tuvo ocupados a algunos lógicos y filósofos a principios del siglo XX desde que el matemático alemán David Hilbert la plantease en un escrito programático del año 1900 como uno de los retos pendientes para la centuria que entonces comenzaba: ¿es posible que la matemática dé una respuesta de tipo demostrativo a todos los problemas que ella misma plantea? O dicho de otra forma, ¿es posible la axiomatización plena de la matemática para reconstruirla como un sistema completo y autoconsistente? Hilbert, adalid de lo que se conoce como formalismo lógico, pensaba que sí, y Russell y Whitehead creyeron haberlo logrado con su obra Principia Mathematica. Sin embargo, un ensimismado profesor de lógica austriaco llamado Kurt Gödel demostró que no era posible en un difícil y revolucionario artículo publicado en el año 1931, donde formuló lo que se conoce como el teorema de incompletitud de Gödel.

En la estela de Gödel, en el citado trabajo Turing –como una simple estrategia discursiva en relación con el problema de los límites de la computabilidad- concibió la primera máquina –que sería conocida como la “máquina universal de Turing” y que por entonces era sólo una construcción teórica- de “programa almacenado”, es decir, dotada de una memoria que no sólo conservaría datos, sino también el propio programa para el manejo o cómputo de esos datos, una máquina que sería reprogramable y capaz de computar todo lo computable (es decir, lo que hoy entendemos por un ordenador). Tampoco puedo dejar de mencionar su temprano interés por la inteligencia artificial, hasta el punto de que hoy se sigue empleando el llamado “test de Turing” para evaluar la mayor o menor inteligencia de un dispositivo.

Pues bien, cuando en el año 2014 ese niño prodigio ruso-canadiense llamado Vitalik Buterin, con tan solo 19 años, pone en marcha esa blockchain de segunda generación llamada Ethereum, nos va a decir que se trata de una blockchain que utiliza un lenguaje de programación Turing-completo, y que aspira a convertirse en la máquina universal de programación, the World Computer. Esto supone precisamente llevar la idea originaria de Turing a una nueva dimensión: no se trata de crear una máquina individual reprogramable de objeto de cómputo universal, sino de la existencia de una red tendencialmente universal de ordenadores que no sólo registran de forma simultánea esos mensajes sencillos que son las transacciones de bitcoins, sino que en ellos se puede ejecutar a la vez cualquier operación que sea programable, conservándose todos los pasos del proceso y su resultado en un registro distribuido, transparente, no manipulable y de acceso universal. O dicho de otra forma, no sólo universalidad en cuanto al objeto programable –como la máquina virtual de Turing y nuestros actuales ordenadores-, sino también universalidad en cuanto a los agentes o dispositivos que operan, ya que el programa se ejecuta y su resultado se registra simultáneamente por una infinidad de ordenadores repartidos por todo el mundo.

En cuanto a John von Neumann, se trata de uno de los grandes genios científicos del siglo XX, de un nivel comparable al de un Einstein. En lo que concierne a nuestro tema, von Neumann fue el creador de la estructura lógica de una de las primeras computadoras digitales electrónicas de alta velocidad y memoria almacenada con la que se hizo realidad la imaginada máquina universal de Turing. Esa computadora, conocida por las siglas EDVAC, fue fabricada a finales de los años cuarenta en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton (USA), como instrumento para la realización de los complejos y laboriosísimos cálculos matemáticos que requería el diseño y control de las primeras bombas atómicas. De hecho, todavía hoy la estructura de todos los ordenadores que utilizamos obedece a lo que se conoce como “arquitectura von Neumann”, que distingue la memoria, el procesador, la unidad central de control y los elementos de comunicación con el exterior para la entrada y salida de datos.

Pues bien, aparte de que cualquier aplicación o desarrollo de la tecnología informática es deudora -pese a su prematura muerte con 53 años- de las visiones y concepciones de von Neumann (incluso la inteligencia artificial, que fue el objeto de sus últimas reflexiones en obras como la “Teoría de los autómatas autorreproductivos”), quiero referirme aquí a dos ideas de este gran pionero de la informática.

En primer lugar, en los años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial había escasez de casi todo y para la construcción del EDVAC se tuvo que echar mano de equipos y materiales de desecho de la industria bélica. Conseguir que funcionase correctamente una máquina fabricada ensamblando ese tipo de elementos fue un verdadero reto al que se enfrentó Von Neumann con la idea de que había que construir una máquina fiable a partir de miles de componentes no fiables. Esta idea, que desarrolló teóricamente en dos artículos de los años 1951 y 1952 (“Organizaciones fiables de elementos no fiables” y “La lógica probabilística y la síntesis de organismos fiables a partir de componentes no fiables”), enlaza con la formulación, ya en los años ochenta y en relación con la fiabilidad de las redes de ordenadores creadas con fines de defensa, de lo que se conoce como el “problema de los generales bizantinos” –al que se suele aludir en las explicaciones de blockchain-. Por supuesto, tiene que ver también con un concepto que hoy está en boca de todos con el nombre de “resiliencia”; y se encuentra en el mismo núcleo del diseño de blockchain: cómo crear el sistema de registro más fiable y transparente que haya existido nunca partiendo sólo de agentes individuales particulares cualquiera de los cuales podría ser un tramposo.

En relación con el diseño de blockchain también podemos rastrear la huella de otra gran aportación intelectual de von Neumann. Como éste estaba dotado de una inteligencia universal, no sólo se interesó por y revolucionó la lógica de conjuntos, la física cuántica y la ciencia de la computación, sino que también hizo su incursión –no menos revolucionaria- en la ciencia económica, donde fue el pionero de la teoría de juegos, con una obra de la que fue coautor junto con Oskar Morgenstern en el año 1944 con el título “Teoría de juegos y comportamiento económico”. Pues bien, mucho de teoría de juegos, de análisis de la racionalidad de las decisiones estratégicas de los agentes individuales que operan en una economía teniendo en cuenta los comportamientos probables de los demás agentes, está también presente en el inteligente diseño que explicó el enigmático Satoshi Nakamoto en su paper del año 2008. En último término, una blockchain pública como la que sirve de base a Bitcoin está diseñada partiendo de la idea de que la persecución del interés individual de ganancia de unos agentes -los “mineros”- redunda en la fiabilidad general del sistema; así como en la idea de que resulta muy poco racional defraudar un sistema para obtener un activo cuyo valor económico depende directamente de la confianza general en la fiabilidad de ese sistema.

(Recomiendo a quien sienta curiosidad por estos temas la lectura de los siguientes libros, disponibles en nuestro idioma: “La catedral de Turing. Los orígenes del universo digital”, de George Dyson, Debate, Barcelona, 2015; “Alan Turing. El pionero de la era de la información”, de B. Jack Copeland, Turner Noema, Madrid, 2012; y “Gödel. Paradoja y vida”, de Rebecca Goldstein, Antoni Bosch, Barcelona, 2010.)

Los Presupuestos “más sociales” de la historia.

La presentación del proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2018 insiste en que su principal prioridad es el gasto social. Se remarca la “clara vocación social” de los presupuestos (en sintonía, se dice, con lo que siempre ha sido la política presupuestaria del Gobierno desde el año 2012), y la apuesta por “seguir reforzando el gasto social”, hasta el punto de que se afirma, como se recoge en el título de esta tribuna, que son los “presupuestos más sociales de la historia”. Sin arriesgarme a afirmaciones tan categóricas, sí que creo que, desde el punto de vista del gasto social, difícilmente se podía llegar más allá en la actual situación económica. Si en relación con los presupuestos de 2016 pude decir, al hilo precisamente del análisis de sus contenidos sociales, que desprendían un “leve aroma socialdemócrata”, ahora ese aroma es ya intenso y penetrante. Cautivo y desarmado el ejército liberal, la socialdemocracia impera ya en nuestra política económica de manera arrogante.

A destacar, en ese sentido, la subida de las pensiones más bajas, con mejora de las mínimas en un 3 por 100 (y con incrementos de entre el 1 y el 1,5 por 100 para otras pensiones de importe inferior a 12.000 euros brutos anuales), la mejora de las de viudedad (incrementando su base reguladora en dos puntos, desde el 52 por 100 al 54 por 100, para mayores de 65 años), la creación de nuevos “cheques sociales” (de natalidad, mediante el incremento, con carácter general, de la deducción de 1.200 euros anuales en 600 euros por cada hijo en las familias que tengan la consideración de numerosas, y de guardería, permitiendo la deducción de hasta un máximo de 1.000 euros por año para las madres trabajadoras por gastos de guardería de niños entre cero y tres años) y la ampliación de los familiares (incluyendo una nueva deducción de 1.200 euros anuales por cónyuge con discapacidad).

Junto a ello, y sobre todo, hay que destacar los incrementos retributivos de los empleados públicos, con una subida del 1,75 por ciento para el año 2018. Esta subida, que se enmarca en el acuerdo suscrito con los sindicatos de la función pública para el periodo 2018-2020, se complementa con otros incrementos retributivos variables vinculados a la evolución del PIB y al cumplimiento, en el año 2020, del objetivo de estabilidad. De cumplirse todas las condiciones, la mejora retributiva en el empleo público alcanzaría, en el periodo contemplado, el 8,79 por ciento. Esto, aparte del vuelco que representa en las políticas retributivas del empleo público de los últimos años, constituye un mensaje, no desdeñable, al sector privado, en el que los sindicatos difícilmente van a resignarse a mejoras retributivas inferiores a las previstas para el sector público. El Gobierno parece pues querer pasar página de las políticas de moderación salarial, al menos en sus manifestaciones más incisivas.

Al mismo tiempo, se aprueba una tasa de reposición que puede llegar al 108 por 100: será, como regla general del 100 por 100 siempre que las Administraciones cumplan con el objetivo de déficit, deuda y regla del gasto, y a ello se añade una bolsa adicional del 8 por 100 destinada a los ámbitos o sectores que requieran un refuerzo de efectivos. Además, las corporaciones locales podrán contar con una tasa adicional del 10 por 100, siempre que tuvieran amortizada su deuda a 31 de diciembre del ejercicio anterior. De todas formas, en caso de incumplimiento por las Administraciones Públicas de alguno de los objetivos, la tasa de reposición del 100 por 100 se mantendrá exclusivamente para los sectores prioritarios, bajando al 75 por 100 en el resto de los sectores, con una bolsa adicional del 5 por 100 para los servicios que se considere necesario reforzar. La tasa de reposición, finalmente, será del 115 por 100 para Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, Policía Autonómica y Policía Local, y del 30 por ciento de las vacantes para funcionarios con habilitación de carácter nacional bajo determinadas circunstancias. En todos los municipios habrá una tasa adicional del 5 por 100 si en alguno de los ejercicios del periodo 2013 a 2017 han tenido la obligación legal de prestar un mayor número de servicios públicos por el incremento de su población. A pesar de los matices y de los márgenes de discrecionalidad abiertos, parece que también la contención del empleo público ha llegado a su fin.

Todos estos datos ponen de manifiesto que apenas bajadas las aguas y pudiendo sacar la cabeza y respirar mejor, volvemos a lanzarnos a políticas de gasto, cuanto menos discutibles en su oportunidad y alcance. Si a todo ello unimos la ampliación del permiso de paternidad a cinco semanas, la mejora en la dotación de las becas estudiantiles (con incremento de la partida en 50 millones de euros), el aumento (en 46 millones de euros) de los recursos destinados a la dependencia, la mayor dotación a las Comunidades Autónomas para los servicios públicos fundamentales (más de 4.000 millones de euros, con incremento superior al 4 por 100) y la permisión de inversiones municipales con cargo al superávit presupuestario (me niego a incluir entre las medidas sociales la rebaja del IVA del cine, que servirá para rebajar el diapasón crítico en la gala de los Goya, o no, como diría el Presidente, pero que si puede tener una finalidad cultural la social no la veo por ningún lado), el panorama socialdemócrata es incontestable.

La recaudación tributaria va a crecer un 6% y el ajuste del gasto, que sigue siendo imprescindible, ni aparece. Y por supuesto, revertir el hachazo fiscal que so pretexto de la urgencia de la crisis se propinó a los ciudadanos, ni pensarlo. Probablemente sí que sean unos de los Presupuestos más sociales de la historia y resultan encomiables las previsiones relativas al empleo, con la creación de 475.000 puestos de trabajo, reducción del paro en 339.000 personas (lo que llevaría la tasa de desempleo al 15 por ciento, todavía muy alejada de las tasas inferiores a los dos dígitos en las que llegamos a movernos) y la consecución de los 19,5 millones de empleados, cerca ya del objetivo de los veinte millones, necesario para la sostenibilidad del sistema de protección social. Pero no sé si a medio y largo plazo esta es la vía para garantizar el crecimiento económico sano y la estabilidad presupuestaria.

El futuro del trabajo. Los cambios en el mundo laboral

Los cambios que estamos viviendo en el mundo laboral son continuos y acelerados. Si pretendemos averiguar cómo será el trabajo, y cómo se articularán las relaciones laborales, en el futuro, lo único que podemos saber es que cambiarán continuamente y que debemos olvidarnos de intentar encontrar un punto de acomodo estable para afrontar las nuevas realidades. Como ha dicho Yuval Noah Harari, el autor de “Sapiens”, “cualquier intento de definir las características de la sociedad moderna es como definir el color de un camaleón. La única característica de la que podemos estar seguros es del cambio incesante”. Y el problema es que en muchas ocasiones se pretende entender la cambiante realidad laboral utilizando esquemas conceptuales del pasado. Eso explica el desconcierto ante los cambios y el carácter improvisado y voluntarista que tienen muchas de las medidas que se proponen para ordenar la nueva situación.

Ante todo, el mundo del trabajo vive el impacto de los procesos de automatización o robotización. Impacto que afecta tanto al volumen del empleo requerido como a las características de dicho empleo. El volumen del empleo se ve afectado por cuanto los procesos de automatización, el uso de robots cada vez más sofisticados, disminuye, más o menos drásticamente según los sectores, las necesidades de mano de obra. La destrucción de empleo es ingente, si bien es cierto que el mismo proceso que destruye empleo genera también nuevas oportunidades de trabajo. El problema es doble: por una parte, existe, como en todos los procesos de cambio de los sistemas productivos que hemos vivido históricamente, un inevitable desfase entre la destrucción de puestos de trabajo y la aparición en el mercado de los nuevos empleos. Ello presiona, en el corto plazo, sobre el desempleo y provoca la existencia de generaciones laborales que sufren en mayor medida las consecuencias del cambio.

Por otra, y aquí conectamos con el otro impacto de la automatización, el que afecta a las características del empleo, los nuevos trabajos tienen requerimientos formativos muy distintos y pueden no responder a los esquemas tradicionalmente conocidos en el mundo laboral. Los empleos que surgen son distintos de los anteriores, con muy distintas exigencias formativas (lo que dificulta su ocupación por los trabajadores desplazados por la automatización) y con formas de prestación del trabajo que pueden también diferir en medida importante de las tradicionales.

Hemos de tener en cuenta, además, que las consecuencias de la automatización se dejan sentir de manera muy diferenciada según el sector de la mano de obra que consideremos. La mano de obra de mayor cualificación (y mayor remuneración), cuyo desempeño laboral exige el uso de competencias con un componente cognitivo elevado, está hoy por hoy poco afectada por la robotización. Sus trabajos son poco manuales y poco repetitivos y, por tanto, (insisto, hoy por hoy, a la espera de los robots con competencias cognitivas, que sean capaces de tomar decisiones autónomamente) difícilmente automatizables. Igualmente, la mano de obra menos cualificada (y peor remunerada), adscrita en porcentaje creciente a los servicios personales, resiste también a los estragos de la automatización, por desempeñar tareas manuales pero no repetitivas. El mayor impacto de la automatización se da en los trabajos de cualificación media, e incluso alta, y de retribución media o medio-alta, que son manuales y repetitivos y por tanto fácilmente sustituibles por un robot. Ello afecta de lleno al sector industrial y a los componentes más tradicionales, y más sindicalizados, de la población trabajadora.

Esto explica diversos cambios que están teniendo lugar en el mundo laboral. Entre otras cosas, está en la base, junto a otros factores naturalmente, de la creciente apertura del abanico salarial, con mayor diferencia entre los trabajadores mejor retribuidos y los peor retribuidos (precisamente por el mayor impacto que sufren los trabajos de cualificación y de retribución media). Y explica, o contribuye a explicar, algunos de los cambios que más desconciertan a los analistas que siguen usando los esquemas conceptuales del pasado. Por ejemplo, el renacer del trabajo autónomo. Dejando aparte fenómenos claramente fraudulentos, que solo buscan la elusión de la normativa laboral, como el de los falsos autónomos, muchos nuevos trabajos en sectores de tecnología avanzada, con un uso intenso de las tecnologías de la información, surgen o se formalizan como trabajo autónomo, no acomodado al esquema tradicional del trabajo por cuenta ajena. Cada vez más surgirán nuevas oportunidades de empleo autónomo, empleo más o menos dependiente (y, por tanto, con mayor o menor necesidad de protección) pero en todo caso diferenciado claramente del tradicional trabajo por cuenta ajena.

Por otra parte, los nuevos trabajos que surgen en los sectores más avanzados de la economía están vinculados a proyectos concretos y se presentan, por tanto, como trabajos temporales. Seguimos pensando en la temporalidad como un factor de precariedad laboral, que busca en muchas ocasiones simplemente la evitación del vínculo indefinido, por los mayores costes económicos y jurídicos asociados al mismo, pero muchos de los nuevos empleos que se generan por los cambios en el sistema productivo son empleos temporales, estos es que requieren una vinculación laboral temporal, y no indefinidos. La reciente introducción en Francia, por la reforma Macron, de la figura del contrato vinculado a un proyecto, es buen exponente de estas nuevas realidades.

Si pretendemos seguir afrontando la temporalidad en términos exclusivamente de patología, o al menos de excepcionalidad, en la contratación laboral, seremos incapaces de dar respuesta normativa adecuada a las nuevas realidades del mundo del trabajo. Igualmente, tanto la regulación laboral como la de protección social tendrán que tener en cuenta el fenómeno del nuevo protagonismo que está teniendo, y tendrá de forma creciente, el trabajo autónomo.

Por último, un cambio no menor en el ámbito de las relaciones laborales es el que deriva de la tendencia, producto inevitable de los anteriores fenómenos, a la individualización de las relaciones laborales. La regulación individual de las condiciones de trabajo cada vez tendrá mayor relevancia y el contrato de trabajo recuperará espacios significativos para la determinación de las condiciones laborales. Ello genera un punto de fricción importante con el sistema tradicional de negociación colectiva y con la pretensión sindical de mantener el monopolio de la regulación de las condiciones de trabajo.

Todo ello prefigura un mundo laboral cambiado y cambiante. De nada servirá pretender ignorar los cambios o anularlos mediante regulaciones coercitivas. Hemos de buscar nuevas respuestas normativas a las nuevas realidades con las que nos enfrentamos, y no tratar de ignorar los cambios y de reconducir los mismos a los esquemas del pasado.

Retribución de alta dirección y consejeros

El pasado 28 de septiembre se celebró en el Centro de Estudios Garrigues una jornada sobre  “Retribución de alta dirección y consejeros”.

El encuentro, coordinado y moderado por Fernando Guijarro, Managing Director of Talent Management de Hudson, ha contado con la participación de tres de los más  prestigiosos expertos en compensación:

  • Javier Bugallo, Compensación y Regulación Recursos Humanos de Banco Santander,
  • Alfonso Gordon, Director General de Recursos Humanos y de Organización de OHL, y
  • Salvador Espinosa de los Monteros, Socio de Garrigues.

La intervención de Javier Bugallo puso el foco en los Consejeros y Consejeros ejecutivos. El diseño de la retribución a estos cargos se tiene que definir a través del informe de la comisión de retribuciones que se presenta al consejo.

Javier Bugallo destacó la importancia de los “Proxy Advisors” y su influencia a la hora de la aprobación de estos informes en la junta general de accionistas. Es importante que la política retributiva cuente con su aprobación ya que estas entidades serán las que emitan las recomendaciones de voto a los grupos de accionistas para su aprobación. Los “Proxy Advisors” están demandando transparencia en las políticas de retribución y una retribución flexible ligada al desempeño, pero con unas métricas que van más allá de las de la propia compañía, comparándose con otras empresas seleccionadas por ellos, y no siempre del mismo ámbito de actuación. En todo caso una de las claves es evitar cualquier elemento de discrecionalidad,

Alfonso Gordon ha puesto el punto de atención en el impacto que el contexto macroeconómico está teniendo en las tendencias retributivas de la alta dirección. La incertidumbre nacional, con el bloqueo institucional, e internacional, con cuestiones como el “Brexit” o la desaceleración de los países emergentes, está generando en retribución fija un crecimiento muy moderado, entre el 1% y 2% anual, una mayor discriminación a la hora de aplicar incrementos al directivo y un mantenimiento en la caída de los sueldos de incorporación.

En retribución variable, cada vez adquiere mayor protagonismo los incentivos a largo plazo (ILP), los variables especiales, ligados a proyectos especiales no consolidables y las cláusulas “clawback” o retorno del incentivo si no se han alcanzado los resultados, muy ligados a la aportación de valor al accionista ( TSR) . Las estrategias actuales y futuras, vienen marcadas por: la prudencia, transparencia y la objetividad, y el cumplimiento de la normativa europea, de la LSC, las recomendaciones de la CNMV, etc.

Como cierre de la jornada, Salvador Espinosa de los Monteros hizo referencia al “tsunami regulatorio” que está definiendo las normas fiscales, laborales… en las políticas de retribución. Este control regulatorio, según Espinosa de los Monteros, debería ser implantado por todas las compañías, no solo por las el sector financiero o compañías cotizadas, obligadas a ello, en el diseño de los pagos a la cúpula directiva.

Tras escuchar a los expertos, podemos deducir que en la retribución de consejeros y alta dirección  tiende cada día a una mayor vinculación a objetivos, transparencia y regulación lo que obliga a todos aquellos profesionales en compensación a un aprendizaje continuo en un entorno complejo, complicado y en continua transformación.

El Centro de Estudios Garrigues ofrece a los profesionales interesados un Programa Executive Gestión Avanzada en Compensación y Beneficios para que puedan seguir integrando y desarrollando conocimientos en una faceta tan estratégica como esta, en el área de los recursos humanos.